Alimentos funcionales: ¿tus aliados de salud?

  alimentos funcionales

  Desde hace ya algunos años han proliferado en los medios de comunicación y en las estanterías de los supermercados gran variedad de alimentos que prometen un sinfín de beneficios para nuestra salud: son los alimentos funcionales. Los alimentos funcionales nacen con el desarrollo del conocimiento de la enorme relación que existe entre nutrición y salud, y de su interés por parte de los consumidores. Se consideran alimentos funcionales aquellos que proporcionan un efecto beneficioso para la salud, mejorando alguna función de nuestro organismo, más allá de su aportación nutricional básica. Según el International Life Science Institute (ILSI) “un alimento funcional es aquel que contiene un componente, nutriente o no nutriente, con efecto selectivo sobre una o varias funciones del organismo, con un efecto añadido por encima de su valor nutricional y cuyos efectos positivos justifican que pueda reivindicarse su carácter funcional o incluso saludable”.

Los alimentos funcionales tienen una apariencia similar a la de un alimento convencional, se consumen como parte de una dieta normal, en las cantidades que se consumirían en la dieta habitualmente y, además de su función nutricional básica, se ha demostrado científicamente que presentan propiedades fisiológicas beneficiosas o que reducen el riesgo de contraer enfermedades crónicas.

      Los alimentos funcionales son alimentos que se manipulan para conseguir algún beneficio extra, ya sea por eliminación, reducción o adición de algún componente, es decir, son básicamente alimentos clásicos que llevan incorporada alguna modificación, que es la responsable de su efecto beneficioso. La presentación de un alimento funcional, tiene que ser como la de un alimento, sin modificar sus características y nunca debe presentarse en forma de cápsulas o comprimidos.

      Estas son las características que deberían cumplir los alimentos funcionales, ya veremos en otro post que esto no siempre es así, sobre todo lo referente a la demostración científica de su efecto beneficioso.

      Muchos de vosotros os preguntaréis: si yo sigo una dieta adecuada, ¿me puedo beneficiar de consumir alimentos funcionales? Seguro que, sin tener conciencia de ello, ya habéis tomado en innumerables ocasiones algún alimento funcional, como una galleta o pan rico en fibra, cereales del desayuno enriquecidos con vitaminas y minerales, o yogures bífidos. Según la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria, más del 40% de la población española sigue un modelo de dieta mejorable, a pesar de seguir una Dieta Mediterránea, y cerca del 5% presenta un patrón de consumo con deficiencias graves. Por ello, (dicen en el documento que cito al final de este post) en colectivos con aportaciones insuficientes de nutrientes o que presenten enfermedades crónicas, el consumo de alimentos funcionales puede jugar un papel clave en el mantenimiento de la salud. Y ¿qué pasa con los individuos sanos que consumen una dieta adecuada? Aquí cabría introducir el concepto de “nutrición óptima” que ha ido desplazando en los últimos años al de “nutrición adecuada”, y donde los alimentos funcionales jugarían un papel fundamental. La “nutrición adecuada” es aquella que aporta los nutrientes suficientes (hidratos de carbono, proteínas, grasas, vitaminas y minerales) para satisfacer las necesidades orgánicas, mientras que la “nutrición óptima”, incluye, además, la potencialidad de los alimentos para promocionar la salud, mejorar el bienestar y reducir el riesgo de desarrollar enfermedades.

      Por ello,  para responder a la pregunta de si “me puedo beneficiar del consumo de alimentos funcionales”, yo diría que sí, pero siempre atendiendo a las necesidades personales y a las características del alimento funcional. Así, por ejemplo, todos podemos beneficiarnos de alimentos funcionales probióticos y prebióticos (hablaré de ellos en el próximo post), o de aquellos enriquecidos con fibra, vitaminas y minerales, pero es absurdo, y probablemente contraproducente, consumir un lácteo con fitosteroles, si tengo unos niveles de colesterol en sangre normales o bajos, o comprar lácteos o zumos enriquecidos con calcio, si mi consumo de lácteos (y por tanto de calcio) es el adecuado. Y ya, ni hablar de aquellos alimentos a los que se les ha añadido una cantidad mínima e insuficiente de algún componente (por ejemplo, leche con ω-3), que tendrías que consumir dosis imposibles del alimento para conseguir el efecto mencionado.

      No me cansaré nunca de insistir en que la base de la salud debe ser siempre una dieta sana, variada y equilibrada y unos hábitos de vida saludables (entre los que se incluye la práctica de ejercicio físico regular), y que la naturaleza ya nos aporta gran cantidad de alimentos que podrían considerarse funcionales, por sus innumerables beneficios sobre la salud, como son las frutas y verduras, ricas en fibra, vitaminas y potentes antioxidantes (ver post anteriores), el aceite de oliva, rico en acido oleico, que reduce el riesgo de enfermedad coronaria, la hipertensión arterial, el cáncer de mama y otras enfermedades, o el pescado, rico en ω-3, con un papel importante en la prevención de cáncer de mama, enfermedades cardiovasculares, artritis reumatoide y diversas enfermedades inflamatorias. Por lo tanto, los alimentos funcionales procesados deberían complementar, si es necesario y nunca sustituir, una dieta adecuada.

      En el siguiente post os hablaré más en detalle de los distintos alimentos funcionales que podemos encontrar en el mercado, cuáles son sus ingredientes fundamentales y qué propiedades beneficiosas presentan para nuestra salud.

Fuentes consultadas:

“Alimentos funcionales. Para una alimentación saludable”. Documento preparado por la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria y editado por Corporación Alimentaria      Peñasanta, S.A. (Central Lechera Asturiana)

www.consumer.es

 

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